La Ribera,
una casa llena de historias

¡Al habla Raquel, de La Ribera!

Hoy me paso por aquí para que conozcáis un poquito más la historia de nuestra casa. Tanto si ya habéis visitado Córdoba como si la pisáis por primera vez, os puedo garantizar que saldréis “prendados” de ella.

Córdoba se vive, se siente, te envuelve… y, sin darte cuenta, te enamora. Hoy te abro las puertas de mi hogar. Una casa donde, generación tras generación, se han vivido muchísimas historias.

> Primera generación 

El tío Mariano 

Vallcebre 30.3.1865 – Madrid 25.2.1929
 

La historia de La Ribera empezó a principios del siglo XX, cuando Marià Grandia Soler, conocido en casa como el tío Mariano, compró esta vivienda en uno de los barrios más humildes de Córdoba.

Y digo “tío” porque así le hemos llamado siempre, aunque en realidad era el tío-abuelo de mi tía-abuela.

Nacido en el seno de una familia humilde de doce hermanos, dejó el Prepirineo catalán con solo diez años para iniciar un camino que lo llevaría a estudiar y enseñar una larga lista de idiomas en lugares como Barcelona, Madrid, Londres, Lyon o Estrasburgo.

En abril de 1912 obtuvo una cátedra de latín en el Instituto General y Técnico de Córdoba. Y fue entonces cuando se estableció en La Ribera.

Curioso, inquieto y profundamente práctico, fue un cura “progre” y un hombre fuera de su tiempo. Dedicó su vida al estudio, a la reflexión y a combatir lo que consideraba uno de los grandes males de la humanidad: la incultura.

Una casa abierta al barrio

La Ribera nunca fue solo una casa.

El tío Mariano acogió y dio estudios a numerosos sobrinos y, al mismo tiempo, desarrolló una intensa vida comunitaria desde la Antigua Real Iglesia de San Nicolás de la Axerquía, situada a pocos metros de aquí.

Cada domingo reunía a los niños del barrio para merendar pan y chocolate mientras les enseñaba nociones básicas de lectura, escritura y cálculo.

Poco a poco, la casa se convirtió en un lugar de acogida, refugio y tránsito constante.

> Segunda generación 

La tía Luisa 

Vallcebre 22.6.1892 – Córdoba 22.2.1975
 
La mujer que sostuvo la casa

En este momento aparece otra figura clave: Luisa Grandia, sobrina del tío Mariano y hermana de mi bisabuela. Ella fue la encargada de sostener el hogar y cuidar de todas las personas que pasaban por él.

Discreta, paciente y profundamente resolutiva, consiguió que aquella casa llena de estudiantes, familiares y visitantes funcionara al unísono.

Con los años, ella y el tío Mariano acogieron y educaron a doce sobrinos, además de muchas otras personas que “paraban” temporadas en casa. Esta época dio lugar a una saga de filólogos y lingüistas apellidados Grandia. De hecho, no sería raro que alguno de sus libros se haya cruzado en vuestros estudios.

Y aunque nunca hizo alarde de ello, Luisa era una mujer culta y brillante. Las cartas en latín que intercambiaba con el tío Mariano durante sus viajes dicen muchísimo sobre quién fue.

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> Tercera generación 

La «tieta Lluïsa» 

Vallcebre 25.5.1913 – Berga 25.9.2004
 
La última pupila

A mediados de los años veinte llegó a La Ribera Lluïsa Camps, mi tía-abuela y la hermana mayor de mi abuelo paterno. Ella fue la última pupila en llegar a la casa y también la única niña.

¿Os imagináis la cantidad de moldes que rompió?

Sin embargo, en febrero de 1929 cambió todo.

El tío Mariano falleció en Madrid tras una intervención quirúrgica que se complicó. Antes de morir escribió una carta a la familia que aún hoy conservo como un tesoro.

En ella pidió tres cosas:

  • que la familia permaneciera unida,
  • que continuaran ayudando a los niños del barrio,
  • y que Lluïsa pudiera estudiar y tener la vida que quisiera.

¡Todo esto escrito por un cura en 1929, pensando en una niña cuyos padres estaban a más de 1.000 km de distancia!

Lluïsa fue maestra durante toda su vida en pequeños pueblos de Córdoba, pasando muchos años en La Victoria. Pero cada verano volvía a la casa familiar de Vallcebre.

Allí “ponía orden” y pasaba las tardes enseñándonos todo lo que podía. Primero a sus sobrinos —mi tío y mi padre— y, años después, a sus sobrinos-nietos: mi hermano y yo.

Quien me conoce sabe que siempre digo que sé todo lo que sé gracias a Lluïsa, porque fue ella quien me enseñó a leer, escribir, coser, tejer… y tantas otras cosas que aún hoy me acompañan.

> Cuarta generación 

Mi padre, Climents 

Vallcebre 18.3.1948 – Bagà 11.1.2026
 

Con el paso de los años, los pupilos se dispersaron por distintos puntos de España y Europa, pero el alma de La Ribera permaneció intacta.

Las dos Luisas continuaron sosteniendo la casa y acogiendo personas, ahora desde una mirada mucho más femenina y silenciosa.

Ofreciendo oportunidades de estudio y acogida a familiares y conocidos.

Uno de aquellos niños fue mi padre, Climents, la cuarta generación de esta historia y el primero que no se trasladó a vivir a Córdoba.

Se quedó en Vallcebre y compaginó la minería con la ganadería. Allí formó su familia y nacimos mi hermano y yo.

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> Quinta generación 

Una servidora 

Vallcebre 18.5.1990
 

De algún modo, creo que tanto mi hermano como yo fuimos los “nietos” que Lluïsa nunca tuvo.

Ella y su hermano —mi abuelo— hacían broma diciendo que mi hermano era el hereu de Vallcebre y yo la pubilla de Córdoba. Y, de algún modo, así fue.

Lluïsa falleció cuando yo solo tenía catorce años. Quienes la conocieron y me conocen dicen que nos parecemos mucho.

De pequeña soñaba con ser maestra como ella. Pero la vida me llevó por otros caminos y terminé especializándome en neuropsicología del daño cerebral adquirido y fundando mi propia empresa de desarrollo de proyectos en el ámbito rural.

Después de muchos años conseguí rehabilitar La Ribera y, aunque durante mucho tiempo pensé que vendría a vivir aquí definitivamente, hoy mi vida transcurre entre Vallcebre y Córdoba, haciendo de ganadera y posadera.

Intentando, a mi manera, continuar este legado y dar vida a proyectos con alma, arraigo y sentido.

La Ribera hoy

Hoy comparto esta casa y mi querida Cordobita con todas aquellas personas que quieran vivirlas y disfrutarlas en mayúsculas.

Me emociona poder ofrecer un espacio de paz, calma y quietud desde el que descubrir esta ciudad a la que tanto quiero y que, de algún modo, también forma parte de quien soy. Una ciudad llena de vida, historia y contrastes que siempre acaba dejando huella en quien la pisa.

Con todo ello siento que, de alguna manera, continúo perpetuando un legado familiar y personal profundamente único y especial para mí. Un legado construido desde el cuidado, la acogida, el conocimiento y el amor por las pequeñas cosas.

Mientras sigo pivotando entre las montañas y La Ribera. Entre Vallcebre y Córdoba. Entre mis dos raíces y mis dos hogares.

Viviendo, soñando, trabajando y disfrutando. Intentando aportar, aunque sea un poquito, mi granito de arena para hacer de este mundo un lugar más humano, amable y bonito.

Ojalá, cuando crucéis la puerta de La Ribera, podáis sentir un pedacito de todo aquello que tantas generaciones han construido aquí antes que nosotros.

Espero que la disfrutéis tanto como lo hago yo.

 

Con cariño, 

Raquel

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