A primera vista, el Puente Romano puede parecer una construcción uniforme. Sin embargo, sus piedras, sus arcos y el paisaje que lo rodea cuentan una historia mucho más compleja. El puente que hoy atravesamos es el resultado de casi dos mil años de reparaciones, reconstrucciones y transformaciones.
De romano conserva, sobre todo, el lugar
Aunque fue levantado originalmente en el siglo I a. C., durante la fundación y expansión de la Córdoba romana, buena parte de la estructura visible actualmente pertenece a reformas medievales y posteriores.
Las crecidas del Guadalquivir, el paso del tiempo y los conflictos obligaron a repararlo en numerosas ocasiones. Por eso, más que una construcción puramente romana, el puente es una obra colectiva en la que distintas épocas fueron dejando su propia huella.
Su trazado, sin embargo, continúa ocupando prácticamente el mismo lugar escogido por los ingenieros romanos hace más de dos mil años.
Era la entrada de una gran vía romana
El puente formaba parte de la red de caminos que conectaba Corduba, una de las ciudades más importantes de la Hispania romana, con otros territorios del Imperio.
Por él entraba en la ciudad la vía que comunicaba Córdoba con Gades, la actual Cádiz, y que se integraba en la extensa red de la Vía Augusta. No solo lo atravesaban viajeros y soldados, sino también animales, carros y mercancías procedentes de diferentes lugares de Hispania.
Caminar hoy sobre el puente significa recorrer uno de los antiguos accesos a la ciudad romana.
Sus dieciséis arcos no son iguales
El Puente Romano está formado por dieciséis arcos, pero no todos presentan la misma forma: doce son de medio punto y cuatro son apuntados.
Estas diferencias permiten reconocer algunas de las modificaciones realizadas a lo largo de los siglos. Al observarlo desde la orilla, se aprecia mejor que el puente no responde a una única etapa constructiva, sino que es el resultado de numerosas intervenciones.
También pueden distinguirse los tajamares, estructuras angulares situadas junto a los pilares que ayudan a dividir la corriente y reducir la presión del agua sobre el puente.
Durante siglos fue mucho más que un paso
El puente constituía uno de los principales accesos a Córdoba y estaba protegido en ambos extremos. En la orilla sur, la Torre de la Calahorra controlaba la llegada desde el Campo de la Verdad. Al otro lado, el acceso conducía directamente hacia la muralla y el entorno de la Mezquita-Catedral.
Cruzar el Guadalquivir no era, por tanto, un simple paseo: implicaba atravesar un espacio vigilado que permitía controlar la entrada de personas, mercancías y ejércitos.
San Rafael todavía recibe flores
Cerca del centro del puente se encuentra la escultura del arcángel San Rafael, obra de Bernabé Gómez del Río, colocada en el siglo XVII.
San Rafael es considerado el custodio de Córdoba y ocupa numerosos rincones de la ciudad. La devoción cordobesa continúa viva en el puente: es habitual encontrar flores y velas a los pies de la imagen, depositadas por personas que se detienen durante unos instantes para pedir protección o mostrar agradecimiento.
Un pequeño detalle permite comprobar la continuidad de esta tradición: al pasar junto a la escultura, muchos cordobeses se santiguan o dirigen brevemente la mirada hacia ella.
Bajo el puente se esconde un espacio natural protegido
Junto al puente se extienden los Sotos de la Albolafia, un conjunto de islotes, vegetación de ribera y antiguos molinos declarado Monumento Natural en 2001.
A pesar de encontrarse en pleno centro urbano, este espacio alberga una sorprendente biodiversidad. Se han catalogado más de 180 especies de aves y, según la época del año, pueden observarse garzas reales, cormoranes, martines pescadores y abejarucos. También hay presencia de nutrias, aunque son mucho más difíciles de ver.
La mejor perspectiva se obtiene mirando hacia el río desde el puente o caminando después por el paseo de la Ribera.
El Guadalquivir también movía molinos
Desde el puente pueden localizarse varios molinos históricos que aprovecharon durante siglos la fuerza de la corriente. Entre ellos se encuentran los molinos de San Antonio, Enmedio, Pápalo Tierno —también conocido como molino de Téllez— y la Albolafia.
Sus ruedas y mecanismos permitieron moler cereal, elevar agua y abastecer diferentes actividades de la ciudad. La famosa noria de la Albolafia llegó a convertirse en uno de los símbolos de Córdoba y aparece, junto al puente y la Mezquita-Catedral, en representaciones históricas de la ciudad.
El puente también es parte de la vida cotidiana
Durante siglos fue escenario del paso de comerciantes, peregrinos, viajeros, procesiones y tropas. Hoy lo atraviesan músicos, paseantes y visitantes, pero continúa cumpliendo la misma función esencial para la que fue creado: unir las dos orillas del Guadalquivir.
Esa continuidad es quizá una de sus mayores singularidades. Pocas construcciones permiten recorrer físicamente un camino utilizado durante tantos siglos.
Un pequeño reto durante el paseo
Mientras lo cruzas, intenta localizar:
- Las diferencias entre los arcos de medio punto y los arcos apuntados.
- Los tajamares que dividen la corriente alrededor de los pilares.
- Las flores o velas depositadas a los pies de San Rafael.
- La Torre de la Calahorra protegiendo la entrada sur.
- La Puerta del Puente al otro extremo del recorrido.
- La noria de la Albolafia y los antiguos molinos.
- Algunas de las aves que habitan los Sotos de la Albolafia.
Al llegar a la orilla de la Calahorra, merece la pena detenerse y mirar hacia atrás. Desde allí se comprende que el puente no solo atraviesa el Guadalquivir: también une la Córdoba romana, islámica, cristiana y contemporánea en una misma perspectiva.